H. Alfonso Pérez Larios, M.Sp.S. (36)
Septiembre 2025
Continuación…
ENFERMEDADES Y SANTA MUERTE:
6 DE FEBRERO DE 1965.
El 27 de enero de 1965, el P. Luis Cervantes escribió, a la hermana de Alfonso, la Señorita Guadalupe Pérez, a León, Guanajuato:
«La saludo atentamente… quiero avisarle que hemos tenido a nuestro querido hermano Alfonso muy delicado de salud. Lo hemos internado en el Sanatorio Francés, para que le hagan un reconocimiento muy minucioso, con radiografías y análisis de laboratorio. El resultado ha sido que tiene una arterioesclerosis muy avanzada y, por lo tanto, circulación muy defectuosa, que le ha ocasionado varias llagas en los pies y en las piernas, así como, a veces, estado de semiinconsciencia, por la circulación defectuosa en el cerebro. Ya se está medicando y le pedimos mucho a Dios, para que reaccione favorablemente. Sin embargo, su estado actual es bastante delicado, ojalá y alguno de ustedes pudiera venir a visitarlo. Está en el cuarto 43, pabellón No. 4, del Sanatorio Francés».
Durante su estancia en el Sanatorio Francés, los hermanos coadjutores de la congregación, residentes en México, tomaron espontáneamente la obligación de atenderlo en el hospital e iban a velarlo día y noche.
El hermano Hermenegildo escribe: «Tuvieron que hacerle curaciones dolorosísimas, en sus pies gangrenados, tallándoselos con un duro cepillo. Su rostro se contraía por el dolor y, de sus labios, solo se escapaba un largo ¡sss! Después comentaba: ¡Qué terrible momento! Usted tiene, le aseguré, pies de misionero, de crucificado. Él se sonrió. Yo le insistí: ¿Verdad que sí? Movió entonces la cabeza en señal de asentimiento y respondió, en voz muy suave: Sí. También le dije: “Mis pies los quiero así, como los suyos”, ¡Pues ándele! me contestó.
Sufría mucho, con las atenciones que le prestaban las enfermeras en el cumplimiento de su deber. Una vez, al entrar una de ellas, me dijo graciosamente: ¡Ay, ya llegaron las agruras! Siete días antes de su muerte, al recordar los años que llevaba en la congregación (cerca de 50), exclamó con voz fuerte: ¡Qué rápido se ha pasado el tiempo! Después, habiéndose quedado dormido, oí que exclamaba aún entre el sueño ¡Bendito sea Dios!»
