Se cumple un año de la beatificación del padre Moisés Lira Serafín, primer Misionero del Espíritu Santo, en la Basílica de Guadalupe, bajo el pontificado del Papa Francisco, de feliz memoria.
El proceso de beatificación duró 13 años y, aunque el padre Lira, desde que estaba en vida, tenía fama de santidad, había que seguir el proceso respectivo.
Fue fundador de las Misioneras de la Caridad de María Inmaculada, congregación que también forma parte de la Familia de la Cruz, al igual que los Misioneros del Espíritu Santo.
Fueron ellas quienes, en una visita vocacional, en la que daban a conocer a su fundador, contactaron a una familia que había pedio la intercesión de él para salvar la vida de su hija, quien aún no había nacido, y así fue. Esta es la razón por la que también es conocido como protector de los no nacidos.
Los católicos pedimos la intercesión de los que gozan de la Gloria de Dios, para que le presenten nuestras peticiones. Especialmente, al padre Moisés, podemos pedirle por cualquier enfermo o persona necesitada, pues, en vida, decía: “Me siento con un corazón muy grande, para abarcar a todo el mundo”.
La humildad y la alegría vivida, en el abandono a la voluntad de Dios, fueron rasgos en la vida de este beato. En su congregación, fue conocido como el apóstol del amor del Padre y dio testimonio de ser el “hijo pequeño”; el padre Lira Serafín hizo vida esto; solía decir: “Es necesario ser muy pequeño para ser un gran santo”.
El anhelo de santidad estaba presente en su vida, se dejaba tocar por el Espíritu Santo e invitaba a los demás a lo mismo.
“Invoca al Espíritu Santo, con humildad y confianza, y Él hará maravillas en ti”. Dios misericordioso nos permita imitar las grandes cualidades de este Beato y concedernos que, algún día, llegue a los altares.
