26 de enero de 2026

Amor activo 9

La virtud de la serenidad y la bondad

Como cada mes, nuestro espíritu se eleva para encontrarse con las virtudes que Nuestro Señor Jesucristo, en su infinito amor, susurró al corazón de Concepción Cabrera de Armida. Ella, con alma dócil y ardiente por el Espíritu Santo, las dejó plasmadas en su diario y en la luminosa obra Amor Activo, como un faro para nuestra propia misión espiritual. Este mes, nuestra mirada se posa, con devoción, en la serenidad y la bondad, invitándonos a sumergirnos en su profunda luz.

La serenidad, esa virtud tan sublime, brota en el alma pura y luminosa, que acoge al Espíritu Santo. Es Él quien la engendra y la gracia divina la preserva, delicada y firme. El árbol de la paz es su sustento, dándole vida y realzando su belleza.

Su brillo se revela, de manera única, en medio de las luchas y las penas de la vida, en los profundos dolores; es allí, en ese crisol de la existencia, donde se purifica y se embellece. La fortaleza es su invencible apoyo y, en María, nuestra Madre, la contemplamos en su más pura y plena expresión.

La bondad, esa virtud nacida del corazón mismo de la santidad y fruto exquisito del Espíritu Santo, se nutre de la esencia de todas las demás virtudes. La humildad es su vida misma; la obediencia, su centro inamovible; la pureza, el aire que respira. En la pobreza, encuentra su deleite; la penitencia, su aliento vital; y la presencia de Dios, su ser más profundo. La oración es la savia que la hace crecer y florecer, mientras que el sacrificio se convierte en su mayor gozo. Es el Espíritu Santo quien la engendra, le infunde vida y la reviste de inmensa belleza.

Sin embargo, la bondad enfrenta a numerosos adversarios: la sombra de la soberbia, la máscara de la hipocresía, el vacío de la fatuidad, el engaño de la vanidad, la mancha de la impureza, las tentaciones del mundo, el abrazo de la comodidad y la voz del juicio propio, entre otros. Sus armas más poderosas, aquellas con las que se defiende y asegura su triunfo, son el profundo autoconocimiento y el inquebrantable apoyo divino, manifestados en la humildad más pura y la confianza plena.

Así, en el viaje de nuestra alma, la serenidad y la bondad se revelan como faros encendidos por la gracia divina, guiándonos a través de las pruebas y embelleciendo nuestro ser en cada lucha. 

Que, al contemplarlas, nuestros corazones se abran para cultivarlas con persistencia, permitiendo que la luz del Espíritu Santo las haga florecer en nosotros, transformándonos en reflejos vivos del amor y la paz que el cielo nos ofrece. Que nuestra vida sea un jardín, donde estas virtudes inspiren y transformen el mundo a nuestro alrededor.

Referencias: Cabrera, C. (2000). Amor Activo. Obras Completas. Tomo 1. México: Editorial La Cruz, S.A. de C.V.

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