Ayer, mientras estaba en una de las salas del aeropuerto esperando la salida de mi vuelo, me encontré inmersa en una conversación entre dos amigos que estaban sentados frente a mí. Hablaban sobre un compañero al que describían como “raro», señalando su forma de vestir y de relacionarse como aspectos que encontraban relevantes. Justo cuando parecía que la charla iba a seguir por ese camino, un tercero se incorporó y les hizo una pregunta que cambió el rumbo de la discusión: «¿Qué es para ustedes ser raro? ¿Acaso no todos somos raros ante los ojos de los demás?»
En ese momento, encontré en aquel debate la oportunidad para reflexionar sobre la importancia de la empatía y la aceptación. Al entender que todos somos únicos y que nuestras diferencias son lo que nos hacen interesantes, podemos aprender a apreciar y valorar a los demás por quiénes son, sin juzgarlos por lo que consideramos «raro» o no.
Pero… ¿qué es lo que nos hace calificar a alguien así? ¿Será acaso su forma de vestir, el hecho de que tiene intereses o hobbies diferentes e inusuales, o simplemente porque se trata de una persona que no se ajusta a nuestras expectativas o normas sociales?
Creo que la anécdota que comparto ahora es un buen ejemplo de cómo nuestras percepciones y juicios sobre los demás pueden estar influenciados por nuestras propias experiencias y perspectivas. Nos hace darnos cuenta de que la rareza es subjetiva; lo que puede parecer inusual para uno, puede ser perfectamente normal para otro. Puede ser incluso, un rasgo encantador que nos hace apreciar la diversidad y la individualidad.
|Las personas que se atreven a ser diferentes, que no temen destacar y que expresan su auténtica personalidad, pueden ser verdaderamente bellas en su singularidad.
En última instancia, la rareza es lo que nos hace únicos y especiales, precisamente es esa singularidad lo que puede hacer que nuestra vida sea más rica y emocionante. Y cierro con esta cita que me pareció peculiar: “Yo encuentro raro, al que no es raro ¿y tú?
