12 de marzo de 2026

Jubileo de los jóvenes 2025 con el papa León

Desde que comenzó esta aventura, rumbo al Jubileo en Roma, sentí una mezcla de nervios, ilusión y esperanza. La primera misa fue un regalo.

 Aunque al inicio me sorprendió que no la celebraría el Papa, el ambiente, los cantos y la comunión entre tantos jóvenes de distintos países me llenaron de luz. Y cuando por fin lo vi pasar frente a nosotros, las lágrimas brotaron; sentí una paz profunda y recordé que el verdadero sentido de mi vida es Dios.

En cada trayecto descubrí que también en la rutina se manifiesta su presencia: en el cansancio compartido, los atardeceres y la solidaridad de quienes nos abrían paso o nos regalaban sonrisas. Caminar por la Vía Appia Antica, por donde pasaron Pedro y los primeros cristianos, me estremeció, igual que subir de rodillas las escaleras santas y sentir el perdón de Jesús de una manera que nunca había experimentado.

Hubo días incómodos, como en Asís bajo la lluvia, pero bastó ver a Carlo Acutis y escuchar los cantos alegres de los brasileños para volver a sentir la fuerza de Dios. Escuchar los testimonios de mis amigos me conmovía; descubrir cómo Jesús actúa en la vida de cada uno nos unía como verdadera comunidad.

La vigilia y la misa final fueron el culmen. Miles de jóvenes reunidos, rezando en silencio, cantando con esperanza, y un Papa que nos habló de la amistad auténtica, la valentía de seguir a Jesús y de aspirar a la santidad. Ese día entendí que, más allá del cansancio o la distancia, lo que llenaba mi corazón era la certeza de que Dios estaba presente en cada paso.

Y si tú también sientes la inquietud de buscar más de Dios, atrévete a dar el paso. No hace falta viajar lejos; basta abrir el corazón para descubrir que la fe se multiplica cuando se comparte.

Como dice Proverbios 27:17, «El hierro se afila con hierro, y el hombre se afila con el trato de su prójimo.» Al vivir la fe en comunidad, nos fortalecemos unos a otros y crecemos juntos en esperanza y alegría.

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