26 de enero de 2026

El fin de la Tierra

Fisterra, en Galicia, viene del latín *Finis Terrae*: el fin de la tierra. Para los antiguos, era el último confín del mundo conocido. Más allá, solo quedaba el abismo del océano, el misterio, lo indomable. Aún hoy, los peregrinos llegan hasta aquí tras días o semanas de camino, no tanto para ver el mar, sino para mirar dentro de sí.

Pero el verdadero fin de la tierra no es un lugar geográfico. Es una idea, una sensación, un límite interior. Cada persona lleva en el alma un *finisterre*: ese punto donde lo familiar se acaba y comienza lo incierto. Para unos, es una pérdida; para otros una pregunta sin respuesta; para todos, es una frontera sagrada.

El fin del mundo conocido puede paralizar o despertar, puede hacernos buscar refugio o empujarnos a seguir adelante. Pero en ambos casos, históricamente, se buscaba a Dios: se construían ermitas al borde del acantilado, se rezaban oraciones contra el miedo, se colgaban cruces como faros de esperanza. El abismo se enfrentaba con fe.

En lo alto del cabo se alza la iglesia de Santa María das Areas, donde los peregrinos rezan ante el Santo Cristo de Fisterra, al que atribuyen milagros. A sus pies, muchos aún dejan conchas, ropas o piedras como ofrenda.

Como dice el Salmo 139:9-10: “Si tomara las alas del alba y habitara en el extremo del mar, aun allí me guiaría tu mano, y me asiría tu diestra”.

Hoy, tú también puedes hacerte la pregunta: ¿Dónde termina tu mundo? 
¿Ese fin te invita a avanzar o a esconderte? ¿Buscas tu refugio en Dios?  ¿Lo llevas contigo o lo has dejado atrás?  ¿En qué gesto, palabra o recuerdo lo mantienes presente?

Porque quizá, al final, el verdadero *finis terrae* no sea donde se acaba el mapa, sino donde comienza el misterio de confiar.

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