26 de enero de 2026

Viernes Santo: La Pasión y Pésame a la Virgen

Y ¡todos regresamos para conmemorar tu pasión redentora!, todos estábamos sedientos de ti. Tu Iglesia respondía a tu llamado, y se volvía a reunir en torno a ti. Fue una conmemoración en todo el sentido de la palabra. No nos distraíamos viendo a los demás, no sonó el timbre imprudente de ningún celular, no ladró ningún perrito, los niños impresionantes atendiendo en lo que podían; y es que quisiste que todo el equipo parroquial nos hiciera sentir tan involucrados en el Misterio de tu entrega que no pudiéramos quitar los ojos de la cruz. Era lo único que importaba. Esa cruz enorme, que a lo largo de tantos años hemos contemplado, despojada de tu Cuerpo cobraba todo el sentido y nos hacía derramar lágrimas de arrepentimiento. Tu Cuerpo destrozado, “molido por nuestras culpas”, como escuchábamos hablar al Espíritu Santo a través de Isaías, ya no estaba en la Cruz, estaba sepultado, y con él nuestro pecado. Jesús bendito, mi corazón de verdad quería llorar contigo, y pude ver que muchos hermanos sentíamos lo mismo, hombres y mujeres, jóvenes con sus padres, ancianos acompañados, niños asombrados.

Y nos revelaste hasta en lo más íntimo que, así como es de imponente esa Cruz es tu amor por nosotros Señor, y así lo sentimos; ahí, cuando pudimos escuchar nuevamente tu voz a través del P. Fernando que nos decía “tu fragilidad está segura en los brazos de Dios” no pudimos más. Nos derrumbamos con los discípulos, no es posible tanto amor. Y nos hacías preguntarnos ¿quién soy yo para que Tú mi Dios entregaras tu vida por mí? ¿Y yo, estoy dispuesto a partirme, repartirme y compartirme a los demás? Temblando reconocíamos cuánto valor nos falta, más bien, cuánto amor por nuestros hermanos hemos guardado para nosotros. Y cómo tú nos enseñabas que el único camino para poder realizar el plan de Dios para nosotros es despojándonos de nosotros mismos.

Y nuevamente tu delicada invitación Jesús: “vayan en silencio”. Recuerdo haberme subido al coche y sorprenderme a mí misma de no haber prendido el radio, de no haber tocado mi teléfono, de no llamar a mi casa para avisar “ya voy”. No, el Misterio que acabábamos de vivir era demasiado, el silencio se imponía. Solo en el silencio podemos encontrarte Jesús, y este Viernes Santo nos reglaste un encuentro contigo una vez más.

En la noche volvimos para acompañar a tu Madre. Y la imagen no podía ser más estremecedora: Ahí estaba ella, en la oscuridad, enlutada, iluminada con la poca luz que todavía se vislumbraba para dirigir nuestra mirada al altar, y como siempre Ella, quería verse pequeña al lado de la cruz de su Hijo. ¡Una imagen que quedó grabada en nuestro corazón! María, nunca protagonista, pero siempre presente. Invitándonos como siempre a “hacer lo que Él nos diga”. Y por eso junto con tu Madre lloramos Jesús, y junto con ella aprendimos que quieres que veamos en cada uno de sus dolores a tantos hermanos que sufren abandono, desapariciones de sus hijos, incluso su muerte; tantos padres de familia que no pueden proteger a sus hijos en este mundo que grita libertad pero que los tiene esclavizados. Gracias Señor, bendito y alabado seas por haber pronunciado en la cruz esas palabras: “Mujer, he aquí a tu hijo”; gracias por regalarnos la compañía perenne del amor maternal de Dios en María Santísima.

Y la última recomendación para la noche: Tomen una rosa blanca de las que ofrecieron a la Virgen, llévenla a su casa, pónganla en un florerito ante la imagen de María que tengan. Y ahí hagan silencio. Ahí acompañen. Ahí esperen, porque vendrá la luz, vendrá la resurrección y con ella la vida.

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