Este mes del año es muy característico por ser el mes del amor y la amistad. Por todos lados, podemos ver flores, adornos de corazones, parejas, y restaurantes llenos de gente, que quiere demostrar su cariño hacia otra persona. Año con año, el 14 de febrero, vuelve a ser una fecha que mucha gente toma como pretexto para hablar del amor, de lo bonito que es estar enamorado, y mostrar la faceta más atractiva del amor, más vinculada con el enamoramiento y el “sentir bonito”.
Nada de esto está mal, de hecho, es muy importante tener un perenne recordatorio de que los seres humanos somos seres racionales, pero también sentimentales, y que es sano “sentir bonito”, cuando del amor se trata. Al final de cuentas, estar enamorado tiene una función biológica necesaria, pero también es la puerta hacia un proyecto más grande: la verdadera demostración del amor.
Sin embargo, y es aquí donde podemos reflexionar mucho, no deja de ser irónico que una sociedad, como la actual, que tanto se llena la boca con la exposición de lo que cree que es el amor, en el fondo, adolezca profundamente de ese mismo amor que tanto predica. Si no fuera así, habría que preguntarse por qué hay tanto odio, rencor y separación en el mundo. ¿Por qué, incluso, quienes nos llenamos la boca de esa palabra odiamos, discriminamos y sobajamos la dignidad de nuestro prójimo?
Ante esta pregunta, los cristianos tenemos un gran reto: volver a nuestras raíces. Necesitamos voltear a Jesucristo y recordar que, hace 2000 años, vino a enseñarnos que la forma de identificarnos como sus discípulos es el amor; amar a los semejantes y a los diferentes, amar, incluso, en medio de las dificultades.
Pero este amor no debe quedarse en la superficialidad del enamoramiento, o peor aún, ser usado como un disfraz para odiar, algo que, desafortunadamente, es común de ver en nuestras comunidades.
El amor cristiano, el verdadero amor cristiano, es ese impulso que inspira a salir de uno mismo, a ver por el otro, ser generoso y buscar que el prójimo esté bien. Seamos, pues, recordatorio y signo de amor en el mundo, de ese amor que busca el bien y la paz.
¡Ánimo firme! ¡Qué viva la cruz (que ama)!
